Usemos misericordia con nuestra casa común
En unión con los hermanos y hermanas ortodoxos, y con la adhesión de otras Iglesias y Comunidades cristianas, la Iglesia católica celebra hoy la anual «Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación». La jornada pretende ofrecer «a cada creyente y a las comunidades una valiosa oportunidad de renovar la adhesión personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a Dios una acción de gracias por la maravillosa obra que él ha confiado a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la protección de la creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos».
Es muy alentador que la preocupación por el futuro de nuestro planeta sea compartida por las Iglesias y las Comunidades cristianas junto a otras religiones. En efecto, en los últimos años, muchas iniciativas han sido emprendidas por las autoridades religiosas y otras organizaciones para sensibilizar en mayor medida a la opinión pública sobre los peligros del uso irresponsable del planeta. Quisiera aquí mencionar al Patriarca Bartolomé y a su predecesor Demetrio, que durante muchos años se han pronunciado constantemente contra el pecado de causar daños a la creación, poniendo la atención sobre la crisis moral y espiritual que está en la base de los problemas ambientales y de la degradación. Respondiendo a la creciente atención por la integridad de la creación, la Tercera Asamblea Ecuménica Europea (Sibiu 2007) proponía celebrar un «Tiempo para la creación», con una duración de cinco semanas entre el 1 de septiembre (memoria ortodoxa de la divina creación) y el 4 de octubre (memoria de Francisco de Asís en la Iglesia católica y en algunas otras tradiciones occidentales). Desde aquel momento dicha iniciativa, con el apoyo del Consejo Mundial de las Iglesias, ha inspirado muchas actividades ecuménicas en diversos lugares.
Debe ser también un motivo de alegría que, en todo el mundo, iniciativas parecidas que promueven la justicia ambiental, la solicitud hacia los pobres y el compromiso responsable con la sociedad, están fomentando el encuentro entre personas, sobre todo jóvenes, de diversos contextos religiosos. Los Cristianos y los no cristianos, las personas de fe y de buena voluntad, hemos de estar unidos en el demostrar misericordia con nuestra casa común la tierra y valorizar plenamente el mundo en el cual vivimos como lugar del compartir y de comunión.
1. La tierra grita…
Con este Mensaje, renuevo el diálogo con «toda persona que vive en este planeta» respecto a los sufrimientos que afligen a los pobres y la devastación del medio ambiente. Dios nos hizo el don de un jardín exuberante, pero lo estamos convirtiendo en una superficie contaminada de «escombros, desiertos y suciedad» (Laudato si’, 161). No podemos rendirnos o ser indiferentes a la pérdida de la biodiversidad y a la destrucción de los ecosistemas, a menudo provocados por nuestros comportamientos irresponsables y egoístas. «Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho» (ibíd., 33).
El planeta continúa a calentarse, en parte a causa de la actividad humana: el 2015 ha sido el año más caluroso jamás registrado y probablemente el 2016 lo será aún más. Esto provoca sequía, inundaciones, incendios y fenómenos meteorológicos extremos cada vez más graves. Los cambios climáticos contribuyen también a la dolorosa crisis de los emigrantes forzosos. Los pobres del mundo, que son los menos responsables de los cambios climáticos, son los más vulnerables y sufren ya los efectos.
Como subraya la ecología integral, los seres humanos están profundamente unidos unos a otros y a la creación en su totalidad. Cuando maltratamos la naturaleza, maltratamos también a los seres humanos. Al mismo tiempo, cada criatura tiene su propio valor intrínseco que debe ser respetado. Escuchemos «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (ibíd., 49), y busquemos comprender atentamente cómo poder asegurar una respuesta adecuada y oportuna.
2. …porque hemos pecado
Dios nos ha dado la tierra para cultivarla y guardarla (cf. Gn. 2,15) con respeto y equilibrio. Cultivarla «demasiado» esto es abusando de ella de modo miope y egoísta, y guardarla poco es pecado.
Con valentía, el querido Patriarca Bartolomé, repetidamente y proféticamente, ha puesto de manifiesto nuestros pecados contra la creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todo esto es pecado». Porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios».
Ante lo que está sucediendo en nuestra casa, que el Jubileo de la Misericordia pueda llamar de nuevo a los fieles cristianos «a una profunda conversión interior» (Laudato si’, 217), sostenida particularmente por el sacramento de la Penitencia. En este Año Jubilar, aprendamos a buscar la misericordia de Dios por los pecados cometidos contra la creación, que hasta ahora no hemos sabido reconocer ni confesar; y comprometámonos a realizar pasos concretos en el camino de la conversión ecológica, que pide una clara toma de conciencia de nuestra responsabilidad con nosotros mismos, con el prójimo, con la creación y con el creador (cf. ibíd., 10; 229).
3. Examen de conciencia y arrepentimiento
El primer paso en este camino es siempre un examen de conciencia, que «implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos […] También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres» (ibíd., 220).
A este Padre lleno de misericordia y de bondad, que espera el regreso de cada uno de sus hijos, podemos dirigirnos reconociendo nuestros pecados contra la creación, los pobres y las futuras generaciones. «En la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución –pequeña o grande– a la desfiguración y destrucción de la creación». Este es el primer paso en el camino de la conversión.
En el 2000, también un Año Jubilar, mi predecesor san Juan Pablo II invitó a los católicos a arrepentirse por la intolerancia religiosa pasada y presente, así como por las injusticias cometidas contra los hebreos, las mujeres, los pueblos indígenas, los inmigrantes, los pobres y los no nacidos. En este Jubileo Extraordinario de la Misericordia, invito a cada uno a hacer lo mismo. Como personas acostumbradas a estilos de vida inducidos por una malentendida cultura del bienestar o por un «deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita» (ibíd., 123), y como partícipes de un sistema que «ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza», arrepintámonos del mal que estamos haciendo a nuestra casa común.
Después de un serio examen de conciencia y llenos de arrepentimiento, podemos confesar nuestros pecados contra el Creador, contra la creación, contra nuestros hermanos y hermanas. «El Catecismo de la Iglesia Católica nos hace ver el confesionario como un lugar en el que la verdad nos hace libres para un encuentro». Sabemos que «Dios es más grande que nuestro pecado», de todos los pecados, incluidos aquellos contra la creación. Allí confesamos porque estamos arrepentidos y queremos cambiar. Y la gracia misericordiosa de Dios que recibimos en el sacramento nos ayudará a hacerlo.
4. Cambiar de ruta
El examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión al Padre rico de misericordia, nos conducen a un firme propósito de cambio de vida. Y esto debe traducirse en actitudes y comportamientos concretos más respetuosos con la creación, como, por ejemplo, hacer un uso prudente del plástico y del papel, no desperdiciar el agua, la comida y la energía eléctrica, diferenciar los residuos, tratar con cuidado a los otros seres vivos, utilizar el transporte público y compartir el mismo vehículo entre varias personas, entre otras cosas (cf. Laudado si’, 211). No debemos pensar que estos esfuerzos sean demasiado pequeños para mejorar el mundo. Estas acciones «provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (ibíd., 212) y refuerzan «un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo» (ibíd., 222).
Igualmente, el propósito de cambiar de vida debe atravesar el modo en el que contribuimos a construir la cultura y la sociedad de la cual formamos parte: «El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión» (ibíd., 228). La economía y la política, la sociedad y la cultura, no pueden estar dominadas por una mentalidad del corto plazo y de la búsqueda de un inmediato provecho financiero o electoral. Por el contrario, estas deben ser urgentemente reorientadas hacia el bien común, que incluye la sostenibilidad y el cuidado de la creación.
Un caso concreto es el de la «deuda ecológica» entre el norte y el sur del mundo (cf. ibíd., 51-52). Su restitución haría necesario que se tomase cuidado de la naturaleza de los países más pobres, proporcionándoles recursos financiaros y asistencia técnica que les ayuden a gestionar las consecuencias de los cambios climáticos y a promover el desarrollo sostenible.
La protección de la casa común necesita un creciente consenso político. En este sentido, es motivo de satisfacción que en septiembre de 2015 los países del mundo hayan adoptado los Objetivos del Desarrollo Sostenible, y que, en diciembre de 2015, hayan aprobado el Acuerdo de París sobre los cambios climáticos, que marca el costoso, pero fundamental objetivo de frenar el aumento de la temperatura global. Ahora los Gobiernos tienen el deber de respetar los compromisos que han asumido, mientras las empresas deben hacer responsablemente su parte, y corresponde a los ciudadanos exigir que esto se realice, es más, que se mire a objetivos cada vez más ambiciosos.
Cambiar de ruta significa, por lo tanto, «respetar escrupulosamente el mandamiento originario de preservar la creación de todo mal, ya sea por nuestro bien o por el bien de los demás seres humanos». Una pregunta puede ayudarnos a no perder de vista el objetivo: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (Laudato si’, 160).
5. Una nueva obra de misericordia
«Nada une más con Dios que un acto de misericordia, bien sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, o bien de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre».
Parafraseando a Santiago, «la misericordia sin las obras está muerta en sí misma. […] A causa de los cambios de nuestro mundo globalizado, algunas pobrezas materiales y espirituales se han multiplicado: por lo tanto, dejemos espacio a la fantasía de la caridad para encontrar nuevas modalidades de acción. De este modo la vía de la misericordia se hará cada vez más concreta».
La vida cristiana incluye la práctica de las tradicionales obras de misericordia corporales y espirituales. «Solemos pensar en las obras de misericordia de una en una, y en cuanto ligadas a una obra: hospitales para los enfermos, comedores para los que tienen hambre, hospederías para los que están en situación de calle, escuelas para los que tienen que educarse, el confesionario y la dirección espiritual para el que necesita consejo y perdón… Pero, si las miramos en conjunto, el mensaje es que el objeto de la misericordia es la vida humana misma y en su totalidad».
Obviamente «la misma vida humana en su totalidad» incluye el cuidado de la casa común. Por lo tanto, me permito proponer un complemento a las dos listas tradicionales de siete obras de misericordia, añadiendo a cada una el cuidado de la casa común.
Como obra de misericordia espiritual, el cuidado de la casa común precisa de «la contemplación agradecida del mundo» (Laudato si’, 214) que «nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir» (ibíd., 85). Como obra de misericordia corporal, el cuidado de la casa común, necesita «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo […] y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor» (ibíd., 230-231).
6. En conclusión, oremos
A pesar de nuestros pecados y los tremendos desafíos que tenemos delante, no perdamos la esperanza: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado […] porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos» (ibíd., 13;245). El 1 de septiembre en particular, y después durante el resto del año, recemos:
«Oh Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar a los abandonados
y a los olvidados de esta tierra
que son tan valiosos a tus ojos. […]
Dios de amor,
muéstranos nuestro lugar en este mundo
como instrumentos de tu cariño
por todos los seres de esta tierra (ibíd., 246).
Dios de Misericordia, concédenos recibir tu perdón
y de transmitir tu misericordia en toda nuestra casa común.
Alabado seas.
Amen.
Vaticano, 1 de septiembre de 2016
FRANCISCO
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jueves, 1 de septiembre de 2016
miércoles, 31 de agosto de 2016
Jornada de oración por el cuidado de la creación
SÁBADO 3 SEPTIEMBRE 2016
-“Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (Papa Francisco LS 217).
-“Un grito de alarma por el desastre climático que afecta cotidianamente a los hombres y la naturaleza; la propuesta de la vía del ascetismo y la sobriedad en el uso de los bienes terrenos y de la energía; la proclamación del Evangelio para sanar el corazón humano que ha hecho el mundo un depósito de basura”. (Mensaje del Patriarca Ecuménico ortodoxo Bartolomé I para JMOCC. 2015).
Hermanas y hermanos en Cristo
Con el telón de fondo de su Encíclica Laudato Si, el Papa Francisco - compartiendo con el Patriarca Ecuménico Bartolomé la preocupación por el futuro de la creación – decidió el año pasado instituir también en la Iglesia Católica la «Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación», uniéndose a la fecha fijada por el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla desde 1989.
Según el papa Francisco, esta jornada ofrecerá “a cada creyente y a las comunidades una valiosa oportunidad de renovar la adhesión personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a Dios una acción de gracias por la maravillosa obra que Él ha confiado a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la protección de la creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos” y contribuirá “como Iglesia a superar la mayor Crisis ecológica que vive la humanidad y hacerlo desde una profunda Conversión espiritual y ecológica”, posibilitando “un momento intenso de oración, reflexión, conversión y asunción de estilos de vida coherentes”. (Carta de institucionalización del papa Francisco de la JMOCC. 6 de agosto de 2015)
La invitación en esta jornada es a mirar la naturaleza con otros ojos, a escucharla con otro oído, a olerla con nuevos aromas, a tocarla con manos suaves, a gustarla y disfrutarla con todos los sentidos. Hace siglos ya, Francisco de Asís le atribuyó a la naturaleza esa cualidad de “sujeto de derechos”, la llamó nuestra hermana. Abusada y explotada, cuidémosla y amémosla, en nuestro día a día, en las pequeñas cosas y en los grandes consumos, que la agotan.
Recibid un abrazo de Comunión universal y ecológica y “elevamos nuestra ferviente oración para que el Señor conceda el don de la paz en el amor y la unidad a toda la familia humana”. (Declaración conjunta papa Francisco y Bartolomé I patriarca ecuménico. 2014)
Comisión Mixta
La Comisión Mixta la forman: Asamblea Episcopal Ortodoxa de España y Portugal (Patriarcado Ecuménico de Constantinopla y la Iglesia Ortodoxa Rumana), la Iglesia Siro-Ortodoxa de Antioquía, el Arzobispado Católico Romano de Madrid (Vicaria de Pastoral Social e Invocación, Justicia y Paz, iniciativa de comunión Ubuntu), Parroquia de Santa Cristina, Compañía de Jesús, Grupo Cristianismo y Ecología, Movimiento Scouts de España, PP. Capuchinos de Madrid (CONFER Madrid).
- “No podemos hacernos los sordos ante la mayor crisis ambiental de la historia. Entre los pobres más maltratado está nuestra tierra”. (Discurso del papa Francisco en ChiapasMéxico Febrero 2016)
-“Cometer un crimen contra la naturaleza es un pecado. Para los seres humanos que hacen que las especies se extingan y destruir la diversidad biológica de la creación de Dios; para los seres humanos que degradan la integridad de la Tierra, causando cambios en el clima y despojando a la tierra de sus bosques naturales y de sus humedales; para los seres humanos … que contaminan las aguas de la Tierra, su terreno, aire, y en definitiva, su vida, con sustancias venenosas– todos estos (actos) son pecados.” (Patriarca Ecuménico ortodoxo Bartolomé I. 1997 en Estados Unidos)
-“No es demasiado tarde. El mundo de Dios tiene poderes curativos increíbles. En una sola generación, podríamos dirigir la tierra hacia el futuro de nuestros hijos. Pero esa generación ha de empezar ahora.” (Declaración conjunta del Patriarca ecuménico ortodoxo Bartolomé I con el papa Juan Pablo II en el IV Simposio Ecológico, en el mar en Venecia en junio de 2002)
PROGRAMA PRIMERA PARTE:
DE 17:30 A 19:30H 17:30h: Acogida con limonada natural incluida
18:00h: Bienvenida y presentación del acto 18:15h: MESA REDONDA: Visión actual de la Ecología Ponentes: Archimandrita Padre Demetrio R. Saez (Patriarcado Ecuménico de Constantinopla), Jose Eizaguirre (Biotropía y Grupo Cristianismo y Ecología) y Yayo Herrero (Ecologistas en Acción) SEGUNDA PARTE:
DE 20:00H A 21:15 H 19,30h: Marcharemos juntos desde la parroquia hasta el Cerro de la Torrecilla, en la Casa de Campo, junto al lago y las pistas de tenis. Metro Lago, línea 10
20h: ORACIÓN ECUMÉNICA: Presidirán el acto: el Arzobispo Monseñor Carlos Osoro (Iglesia Católica Romana), el Metropolita Monseñor Policarpo (Patriarcado Ecuménico de Constantinopla), el Obispo Ortodoxo Rumano Monseñor Timotei y el Arzobispo Siro-Ortoxo Nicolaos Matti. Con la participación del grupo musical AIN KAREM LUGAR: PARROQUIA DE SANTA CRISTINA, Paseo de Extremadura, 32. Madrid. (Metro Puerta del Angel, línea 6).
Contacto: Teléfono: 619.285.243 E-mail: ecumenismo@juspax-es.org Rogamos confirmar asistencia al correo electrónico
martes, 1 de septiembre de 2015
Jornada de oración por el cuidado de la Creación
Desde esta web nos unimos al Santo Padre en esta Jornada de Oración por el Cuidado de la Creación.
Oración cristiana con la creación
(de la encíclica Laudato Si')
Te alabamos, Padre, con todas tus criaturas,
que salieron de tu mano poderosa.
Son tuyas,
y están llenas de tu presencia y de tu ternura.
Alabado seas.
Hijo de Dios, Jesús,
por ti fueron creadas todas las cosas.
Te formaste en el seno materno de María,
te hiciste parte de esta tierra,
y miraste este mundo con ojos humanos.
Hoy estás vivo en cada criatura
con tu gloria de resucitado.
Alabado seas.
Espíritu Santo, que con tu luz
orientas este mundo hacia el amor del Padre
y acompañas el gemido de la creación,
tú vives también en nuestros corazones
para impulsarnos al bien.
Alabado seas.
Señor Uno y Trino,
comunidad preciosa de amor infinito,
enséñanos a contemplarte
en la belleza del universo,
donde todo nos habla de ti.
Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud
por cada ser que has creado.
Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos
con todo lo que existe.
Dios de amor,
muéstranos nuestro lugar en este mundo
como instrumentos de tu cariño
por todos los seres de esta tierra,
porque ninguno de ellos está olvidado ante ti.
Ilumina a los dueños del poder y del dinero
para que se guarden del pecado de la indiferencia,
amen el bien común, promuevan a los débiles,
y cuiden este mundo que habitamos.
Los pobres y la tierra están clamando:
Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz,
para proteger toda vida,
para preparar un futuro mejor,
para que venga tu Reino
de justicia, de paz, de amor y de hermosura.
Alabado seas.
Amén.
lunes, 13 de julio de 2015
Comentario sobre el Capítulo Primero de Laudato Si'
Os dejo el texto de mi intervención en la presentación de la encíclica Laudato Si' en la diócesis de Ávila. Intervinieron el Sr. Obispo, don Jesús García Burillo, los teólogos don Olegario González de Cardedal y don Jorge Zazo y un servidor. Entended que no es un texto elaborado sino más bien un esquema de mi intervención oral.
Señor Obispo, amigos todos:
En primer lugar me gustaría agradecer a don Jesús su confianza por la invitación a participar en este acto, invitación realizada a través de la Rectora de la Universidad Católica “Santa Teresa de Jesús” de Ávila.
Queridos amigos, la publicación de la encíclica Laudato Si’ del papa Francisco es ya un acontecimiento histórico que supondrá un antes y un después en la visión y la comprensión del medio ambiente por parte de los habitantes del mundo. Es esta una encíclica muy esperada, certera, abierta a todos -no sólo a los católicos-, fácil de leer, preciosa. Y como muestra de ello os dejo una primera frase: “El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios” (84). ¿Hay forma más bonita y fiel de definir la creación?
Estructura de la Carta Encíclica (Introducción+6 capítulos):
1. Lo que está pasando a nuestra casa
2. El evangelio de la creación
3. Raíz humana de la crisis ecológica
4. Una ecología integral
5. Algunas líneas de orientación y acción
6. Educación y espiritualidad ecológica
Antecedentes
La encíclica LS no sale de la nada. El papa “no se ha hecho ecologista de repente”. La doctrina social de la Iglesia y diversos documentos del Magisterio han tratado ya la cuestión ambiental:
Juan XXIII: Pacem in terris
Pablo VI: Octogesima adveniens, discurso en la FAO 1970
Juan Pablo II: Redemptor hominis, Centesimus annus, catequesis, Sollicitudo rei socialis
Benedicto XVI: Caritas in veritate, sin duda con contenido económico, social y ambiental de gran calado, que supone una sobresaliente antesala a esta nueva encíclica de Francisco.
Me gustaría destacar la figura de San Francisco de Asis, “santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología”, muestra “hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior”. Padre de la espiritualidad ambiental, de la que habla también al final. Decía Francisco de Asís: “A través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se conoce por analogía al autor”. Algo que sabemos muy bien los que solemos pasear o hacer “trabajo de campo” en plena naturaleza.
“Llamado” del papa Francisco
-Desafío urgente de proteger nuestra casa común que incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral
-“Invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta”.
Necesitamos una “solidaridad universal nueva”. “Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades”
En el Capítulo Primero el papa hace un diagnóstico de la situación ambiental actual de nuestra “casa común”, para “tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar” (19).
Quizás no sea necesario explicarlo, pero la palabra ecología se compone de oikos (casa) y logía (estudio de). De ahí que Francisco hable de “lo que le está pasando a nuestra casa”.
Apartados:
I. Contaminación y cambio climático
Contaminación, basura y cultura del descarte
El clima como bien común
20-22
23-26
II. La cuestión del agua
27-31
III. Pérdida de biodiversidad
32-42
IV. Deterioro de la calidad de la vida humana y degradación social
43-47
V. Inequidad planetaria
48-52
VI. La debilidad de las reacciones
53-59
VII. Diversidad de opiniones
60-61
El papa empieza la encíclica constatando que se está produciendo una aceleración de los cambios de la humanidad y del planeta, así como de los ritmos de vida y del trabajo (“rapidación”) (18). Para después reflexionar:
“El cambio es algo deseable, pero se vuelve preocupante cuando se convierte en deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad” (18)
Este primer capítulo podría dividirse en tres partes:
1º Principales problemas ambientales (del “ambiente natural”): contaminación, cambio climático, el agua y pérdida de biodiversidad. En otros capítulos añade otros problemas: desertificación, uso de transgénicos o experimentación con embriones humanos.
2º Problemas del “ambiente humano”: deterioro de la calidad de la vida humana, degradación social, desigualdades sociales.
3º Estado actual del debate ambiental en el mundo: reacciones a la crisis ambiental, diversidad de opiniones.
I. Contaminación y cambio climático
Contaminación, basura y cultura del descarte
La contaminación afecta a la salud de las personas, especialmente a los pobres (20). Es patente en nuestro planeta una contaminación por residuos, incluyendo residuos peligrosos: “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería” (21). Y es que vivimos en una cultura del descarte, “que afecta tanto a seres humanos excluidos como a las cosas, que rápidamente se convierten en basura” (22). Los ecosistemas tienen un funcionamiento ejemplar, en cuanto al uso y reciclaje de recursos. No ocurre lo mismo con los sistemas industriales, que no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar residuos. (22)
Para contrarrestar la cultura del descarte: “limitar al máximo el uso de recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar” (22)
El clima como bien común
“El clima es un bien común, de todos y para todos”, muy relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana (23).
El papa es prudente en el tratamiento del tema del cambio climático: estado actual de la ciencia y respuesta moral.
Existe un consenso científico sobre calentamiento del sistema climático, que a su vez implica ascenso del nivel del mar y mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos. Este cambio climático está motivado o acentuado por causas humanas (aumento de concentración de gases invernadero: CO2, NH4, óxidos de N, etc.) y naturales (vulcanismo, variaciones de la órbita y del eje de la Tierra, o el ciclo solar).
Pero es necesario actuar frente a las causas antrópicas mediante cambios de estilos de vida, de producción y de consumo. En concreto en lo que se refiere al uso de combustibles fósiles y a la deforestación para agricultura (23).
Consecuencias del calentamiento global: sobre el ciclo del C, derretimiento de hielos polares, acidificación de los océanos, subida del nivel del mar (el 25% de la población vive junto al mar) (24)
“El cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas” (25). Los más perjudicados por el cambio climático serán los pobres, debido a que sus medios de subsistencia dependen en gran medida de las reservas naturales y servicios ecosistémicos como agricultura, pesca y aprovechamientos forestales. (25)
Denuncia de la general indiferencia antes estos dramas humanos que suceden en distintas partes del mundo (25).
Denuncia que muchos ricos y poderosos se centran en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos (26).
Se ha vuelto urgente e imperioso el desarrollo de políticas que reduzcan urgentemente la utilización de combustibles fósiles y potencien el uso de energías renovables (26).
II. La cuestión del agua
No sólo se refiere al agua, sino por extensión: Agotamiento de los recursos naturales, por consumo irracional, y hábitos de gastar y tirar (27).
“El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, porque es indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos”. (28)
Destaca la situación en África (“Pobreza del agua social”), algunos países con desigualdades en la distribución del agua. (28)
La contaminación del agua provoca muertes a diario (29). Algunos estudios hablan de entre 8.000 y 25.000 muertes por escasez de agua o falta de calidad, la mitad niños (los datos no son de la encíclica).
Riesgo de privatización del agua: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto en condición para el ejercicio de los demás derechos humanos” (30).
Negarles el agua potable a los pobres es “negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable” (30).
Además, la escasez de agua provocará mayor coste de los alimentos (30) y posiblemente se convierta en una de las principales fuentes de grandes conflictos de este siglo.
III. Pérdida de biodiversidad
Los recursos de la tierra también están siendo depredados a causa de “formas inmediatistas” de entender la economía, el comercio y la producción (32). La pérdida de biodiversidad implica la pérdida de recursos clave para la alimentación y la medicina (32). Pero las especies también tienen valor en sí mismas.
“Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho” (33).
Refiriéndose a iniciativas de intervención humana para restaurar: “Parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros” (34).
Pérdida de biodiversidad por actividades humanas: nuevas carreteras, cultivos, alambradas, embalses… (35)
Indica casos concretos sobre pérdida de biodiversidad (38-41): Amazonia, cuenca fluvial del Congo, monocultivos forestales, desaparición de humedales, extracciones pesqueras abusivas, etc.
Como ejemplo de lugares críticos de biodiversidad menciona la Amazonia y la cuenca fluvial del Congo (38) “pulmones del planeta repletos de biodiversidad”
“El reemplazo de la flora silvestre por áreas forestadas con árboles, que generalmente son monocultivos, tampoco suele ser objeto de un adecuado análisis. Porque puede afectar gravemente a una biodiversidad que no es albergada por las nuevas especies que se implantan”. (39)
También las zonas húmedas que se sustituyen por cultivos pierden enorme biodiversidad (39)
Océanos, aprovechamientos pesqueros (40). Pérdida de biodiversidad por extracciones abusivas.
“¿Quién ha convertido el maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color?” Se refiere a las barreras de coral (41)
Necesidad de invertir en investigación sobre el funcionamiento de los ecosistemas y de inventariar las especies, para desarrollar programas de protección, especialmente para especies en vías de extinción (42).
(Aquí terminaría la parte de diagnóstico de los principales problemas ambientales y pasaría a hablar de los problemas de la ecología humana).
IV. Deterioro de la calidad de la vida humana y degradación social
El ser humano es una criatura de este mundo, que tiene derecho a vivir y a ser feliz, y que tiene una “dignidad especialísima” (43). Sin embargo, muchos vivimos en ciudades insalubres, con crecimiento desmedido, ineficaces, que gastan energía y agua en exceso. “No es propio de habitantes de este planeta vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados de contacto físico con la naturaleza” (44). Esto me recordaba una frase del salmo 119 utilizada en uno de sus cuadros por San Rafael Arnáiz “soy forastero en la tierra”.
Problemas sociales intrínsecos al cambio global: exclusión social, desigualdad en la disponibilidad y consumo de energía, fragmentación social, violencia, narcotráfico y consumo de drogas, etc. Son signos de que el crecimiento de los dos últimos siglos no ha significado un progreso integral y una mejora en la calidad de vida (46).
Los medios de comunicación digitales cuando son omnipresentes no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad y de amar con generosidad (47). Es necesario un esfuerzo para que estos medios sean un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no un deterioro de su riqueza más profunda.
V. Inequidad (desigualdad) planetaria
El medio ambiente natural y humano se degradan juntos. Los efectos de las agresiones ambientales los sufren especialmente los más pobres, y no suele haber clara conciencia de los problemas que afectan a los más desfavorecidos.
“El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a las causas que tienen que ver con la degradación humana y social” (48)
“Tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica demuestran que los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre” (48)
En el punto 49, el papa advierte que “no suele haber conciencia clara de los problemas que afectan particularmente a los excluidos”. Esto ocurre porque la mayor parte de los análisis sobre los pobres y sus problemas se hacen desde la comodidad de una calidad de vida que no están al alcance de la mayoría de la población.
“Un verdadero planteamiento ecológico se convierte siempre en un planteamiento social” (…) “Para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”. (49)
En lugar de resolver los problemas de los pobres y pensar en un mundo diferente algunos atinan sólo a proponer la reducción de la natalidad (50). A este respecto, el crecimiento demográfico es compatible con un desarrollo integral y solidario. No hay que culpar de los problemas al aumento de la población sino al consumismo extremo.
“Si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario” (50)
“Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas”. “Se pretende legitimar así el modelo distributivo actual, donde una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar”.
En este sentido: “Se desperdicia un tercio de los alimentos que se producen, y el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre (Esta frase ya la dijo en una catequesis) (50)
Existe también una desigualdad entre países, que obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Hay una “deuda ecológica” entre Norte y Sur, por desequilibrios comerciales, con consecuencias ecológicas (51), que los países desarrollados deben compensar.
La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control pero no así la deuda ecológica. Y es obligatorio que los países desarrollados salden esta deuda. Por otra parte, hay que fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana (52).
VI. La debilidad de las reacciones
“Estas situaciones provocan un gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo” (53).
No hemos maltratado más la tierra como en estos últimos 200 años. Pero “estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud”. (53)
“Se vuelve indispensable crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables y asegure la protección de los ecosistemas, antes de que las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecnoeconómico terminen arrasando no sólo con la política sino también con la libertad y la justicia” (53).
Ante la crisis ecológica, social y humana, se produce una débil reacción política internacional, sometida a la tecnología y a las finanzas. Como se dice en el documento de Aparecida “que en las intervenciones sobre los recursos naturales no predominen los intereses de grupos económicos que arrasan irracionalmente las fuentes de vida” (54).
“Cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado, convertidos en regla absoluta” (56).
Pero no sólo el Papa denuncia a los poderes económicos y políticos, sino que nos implica a todos. Aunque no tengamos conciencia de ello, todos somos culpables de esta situación, ya sea por acción o por omisión.
Riesgo de guerra, con el pretexto del agotamiento de algunos recursos. La guerra siempre es perjudicial para el medio ambiente. Armas dañinas. (57)
VII. Diversidad de opiniones
Dos opiniones extremas (60):
1) Mito del progreso. Los problemas ecológicos se resolverán simplemente con nuevas aplicaciones técnicas, sin consideraciones éticas ni cambios de fondo (Visión tecnocrática y economicista).
2) El ser humano, con sus intervenciones, sólo puede ser una amenaza y perjudicar al medio ambiente, por lo que conviene reducir su presencia en el planeta e impedirle todo tipo de intervención (visión ecologista).
El Papa se desmarca de ambas ideas, no por un afán injustificado de centrismo o equidistancia sino por el compromiso de la Iglesia con el hombre.
De todos modos la Iglesia no da una palabra definitiva, sino que escucha y promueve el debate científico y político, respetando la diversidad de opiniones (esto lo repite varias veces a lo largo de la encíclica).
Síntesis y conclusiones
-Existe un gran deterioro de la casa común: “Si la mirada recorre las regiones de nuestro planeta, enseguida nos damos cuenta de que la humanidad ha defraudado las expectativas divinas”.
-Graves consecuencias humanas y sociales de los problemas ambientales: crisis ecológica=crisis humana y social
-La raíz humana de la crisis ecológica (101, cap. 3).
El hombre está en el centro del ecosistema global y de la crisis ecológica. El origen de los problemas ambientales está en el corazón del hombre. Pero no hay que eliminar al hombre de ese ecosistema global, sino aprovechar su capacidad de hacer el bien para que sea instrumento de Dios para el cambio. El hombre es capaz de intervenir positivamente (58).
-Queridos amigos, termino con una frase de esas certeras del papa Francisco: “La Naturaleza está llena de palabras de amor” (225). Escuchemos y leamos esas palabras, trabajemos y cuidemos nuestra casa común, para que todos los que vivimos bajo el mismo cielo podamos llamarnos verdaderamente hermanos.
jueves, 25 de junio de 2015
jueves, 18 de junio de 2015
lunes, 15 de junio de 2015
La encíclica Laudato Si' en los medios
A pocos días de la presentación de la nueva encíclica del papa Francisco, os dejamos este enlace de la web de Manos Unidas donde se recogen algunas noticias referidas a esta encíclica.
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viernes, 29 de mayo de 2015
El don de la ciencia
Queridos hermanos y hermanas, buenos días
Hoy queremos reflexionar sobre otro don del Espíritu Santo, el don de la ciencia. Cuando se habla de ciencia, el pensamiento va inmediatamente a la capacidad del hombre de conocer cada vez mejor la realidad que le rodea y de descubrir las leyes que regulan la naturaleza y el universo. La ciencia que viene del espíritu Santo, sin embargo, no se limita al conocimiento humano: es un don especial, que nos lleva a captar, a través de la creación, la grandeza y el amor de Dios y su relación profunda con toda criatura.
Cuando nuestros ojos son iluminados por el Espíritu, se abren a la contemplación de Dios, en la belleza de la naturaleza y de la grandiosidad del cosmos, y nos llevan a descubrir cómo cada cosa nos habla de Él, todo nos habla de su amor. ¡Todo esto suscita en nosotros un gran asombro y un profundo sentido de gratitud! Es la sensación que sentimos también cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que sea fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: frente a todo esto, el Espíritu nos lleva a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros.
En el primer capítulo del Génesis, precisamente al comienzo de toda la Biblia, se pone de relieve que Dios se complace en su creación, subrayando repetidamente la belleza y la bondad de cada cosa. Al término de cada jornada, está escrito: “Y Dios vio que todo era bueno” (1,12.18.21.25). Pero si Dios ve que la creación es algo bello, algo bueno, también nosotros debemos tener esta actitud de ver la creación como bella y buena, y con el don de la ciencia, por esta belleza alabamos a Dios, damos gracias a Dios por habernos dado tanta belleza a nosotros, y este es el camino. Y cuando Dios acabó de crear al hombre, no dijo que era algo “bueno”, dijo que era “muy bueno” (v. 31). Se acerca a él, y a los ojos de Dios nosotros somos la cosa más buena, más bella y más grande de la creación. Pero padre, los ángeles… ¡No! Los ángeles están por debajo de nosotros, nosotros somos más que los ángeles. Lo hemos escuchado en el libro de los salmos. Nos quiere mucho el Señor, ¿eh? Tenemos que darle gracias por esto. El don de la ciencia nos pone en profunda sintonía con el Creador, y nos hace participar en la limpieza de su mirada y de su juicio. En esta perspectiva logramos captar en el hombre y en la mujer el culmen de la creación, como realización de un designio de amor que está impreso en cada uno de nosotros y que nos hace reconocernos como hermanos y hermanas. Lo que surge entonces es un cuadro caracterizado por una profunda armonía, donde todo remite al Creador y donde el Espíritu nos hace percibir en cada persona y en cada cosa la impronta de la grandeza y de la bondad de Dios.
Todo esto es motivo de serenidad y de paz y hace del cristiano un testigo gozoso de Dios, en la estela de san Francisco de Asís y de tantos santos que han sabido alabar y cantar su amor a través de la contemplación de la creación. Al mismo tiempo, sin embargo, el don de la ciencia nos ayuda a no caer en algunas actitudes excesivas o equivocadas. El primero lo constituye el riesgo de considerarnos amos de la creación. La creación no es una propiedad de la que podemos adueñarnos a nuestro gusto; ni, mucho menos, es una propiedad solo de algunos: la creación es un regalo, es un regalo maravilloso que Dios nos ha dado, para que lo cuidemos y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con gran respeto y gratitud. La segunda actitud negativa está representada por la tentación de crearnos en las criaturas, como si estas pudieran ofrecer la respuesta a todas nuestras expectativas. Y el Espíritu Santo, con el don de la ciencia, nos ayuda a no caer en esto. Pero yo quisiera volver sobre el primer camino equivocado. Custodiar la creación, no adueñarse de la creación. Debemos custodiar la creación, es un don que el Señor nos ha dado, para nosotros, es el regalo de Dios a nosotros, nosotros somos custodios de la creación. Pero cuando nosotros explotamos la creación, destruimos el signo del amor de Dios. Destruir la creación es decir a Dios: no me gusta, esto no es bueno, ¿y qué te gusta a ti? Me gusto yo mismo. Eso es el pecado, ¿habéis visto? La custodia de la creación es precisamente la custodia del amor de Dios, y también es decir a Dios gracias, yo soy el amo de la creación, pero para llevarlo adelante, yo no destruiré nunca tu regalo. Y esta debe ser nuestra actitud ante la creación, custodiarla, porque si destruimos la creación, la creación nos destruirá. No lo olvidéis.
Una vez estaba en el campo y escuché un dicho de una persona sencilla, a la que gustaban mucho las flores, él custodiaba estas flores y me decía: debemos custodiar estas cosas bellas que Dios nos ha dado. La creación es para nosotros, para que nosotros la aprovechemos bien, no la explotemos, la custodiemos. Porque usted sabe, padre – me dijo – Dios perdona siempre, sí, esto es verdad, Dios perdona siempre; nosotros, las personas humanas, hombres y mujeres perdonamos algunas veces, sí, algunas no perdonamos. Pero la creación, padre, no perdona nunca, y si tu no lo custodias, él te destruirá. Esto debe hacernos pensar y pedir al Espíritu Santo el don de la ciencia para comprender bien que la creación es el regalo más bello de Dios, que Él dijo: esto es bueno, esto es bueno, esto es bueno, esto es mi regalo, pero la cosa más buena que he creado es la persona humana. Gracias.
Hoy queremos reflexionar sobre otro don del Espíritu Santo, el don de la ciencia. Cuando se habla de ciencia, el pensamiento va inmediatamente a la capacidad del hombre de conocer cada vez mejor la realidad que le rodea y de descubrir las leyes que regulan la naturaleza y el universo. La ciencia que viene del espíritu Santo, sin embargo, no se limita al conocimiento humano: es un don especial, que nos lleva a captar, a través de la creación, la grandeza y el amor de Dios y su relación profunda con toda criatura.
Cuando nuestros ojos son iluminados por el Espíritu, se abren a la contemplación de Dios, en la belleza de la naturaleza y de la grandiosidad del cosmos, y nos llevan a descubrir cómo cada cosa nos habla de Él, todo nos habla de su amor. ¡Todo esto suscita en nosotros un gran asombro y un profundo sentido de gratitud! Es la sensación que sentimos también cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que sea fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: frente a todo esto, el Espíritu nos lleva a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros.
En el primer capítulo del Génesis, precisamente al comienzo de toda la Biblia, se pone de relieve que Dios se complace en su creación, subrayando repetidamente la belleza y la bondad de cada cosa. Al término de cada jornada, está escrito: “Y Dios vio que todo era bueno” (1,12.18.21.25). Pero si Dios ve que la creación es algo bello, algo bueno, también nosotros debemos tener esta actitud de ver la creación como bella y buena, y con el don de la ciencia, por esta belleza alabamos a Dios, damos gracias a Dios por habernos dado tanta belleza a nosotros, y este es el camino. Y cuando Dios acabó de crear al hombre, no dijo que era algo “bueno”, dijo que era “muy bueno” (v. 31). Se acerca a él, y a los ojos de Dios nosotros somos la cosa más buena, más bella y más grande de la creación. Pero padre, los ángeles… ¡No! Los ángeles están por debajo de nosotros, nosotros somos más que los ángeles. Lo hemos escuchado en el libro de los salmos. Nos quiere mucho el Señor, ¿eh? Tenemos que darle gracias por esto. El don de la ciencia nos pone en profunda sintonía con el Creador, y nos hace participar en la limpieza de su mirada y de su juicio. En esta perspectiva logramos captar en el hombre y en la mujer el culmen de la creación, como realización de un designio de amor que está impreso en cada uno de nosotros y que nos hace reconocernos como hermanos y hermanas. Lo que surge entonces es un cuadro caracterizado por una profunda armonía, donde todo remite al Creador y donde el Espíritu nos hace percibir en cada persona y en cada cosa la impronta de la grandeza y de la bondad de Dios.
Todo esto es motivo de serenidad y de paz y hace del cristiano un testigo gozoso de Dios, en la estela de san Francisco de Asís y de tantos santos que han sabido alabar y cantar su amor a través de la contemplación de la creación. Al mismo tiempo, sin embargo, el don de la ciencia nos ayuda a no caer en algunas actitudes excesivas o equivocadas. El primero lo constituye el riesgo de considerarnos amos de la creación. La creación no es una propiedad de la que podemos adueñarnos a nuestro gusto; ni, mucho menos, es una propiedad solo de algunos: la creación es un regalo, es un regalo maravilloso que Dios nos ha dado, para que lo cuidemos y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con gran respeto y gratitud. La segunda actitud negativa está representada por la tentación de crearnos en las criaturas, como si estas pudieran ofrecer la respuesta a todas nuestras expectativas. Y el Espíritu Santo, con el don de la ciencia, nos ayuda a no caer en esto. Pero yo quisiera volver sobre el primer camino equivocado. Custodiar la creación, no adueñarse de la creación. Debemos custodiar la creación, es un don que el Señor nos ha dado, para nosotros, es el regalo de Dios a nosotros, nosotros somos custodios de la creación. Pero cuando nosotros explotamos la creación, destruimos el signo del amor de Dios. Destruir la creación es decir a Dios: no me gusta, esto no es bueno, ¿y qué te gusta a ti? Me gusto yo mismo. Eso es el pecado, ¿habéis visto? La custodia de la creación es precisamente la custodia del amor de Dios, y también es decir a Dios gracias, yo soy el amo de la creación, pero para llevarlo adelante, yo no destruiré nunca tu regalo. Y esta debe ser nuestra actitud ante la creación, custodiarla, porque si destruimos la creación, la creación nos destruirá. No lo olvidéis.
Una vez estaba en el campo y escuché un dicho de una persona sencilla, a la que gustaban mucho las flores, él custodiaba estas flores y me decía: debemos custodiar estas cosas bellas que Dios nos ha dado. La creación es para nosotros, para que nosotros la aprovechemos bien, no la explotemos, la custodiemos. Porque usted sabe, padre – me dijo – Dios perdona siempre, sí, esto es verdad, Dios perdona siempre; nosotros, las personas humanas, hombres y mujeres perdonamos algunas veces, sí, algunas no perdonamos. Pero la creación, padre, no perdona nunca, y si tu no lo custodias, él te destruirá. Esto debe hacernos pensar y pedir al Espíritu Santo el don de la ciencia para comprender bien que la creación es el regalo más bello de Dios, que Él dijo: esto es bueno, esto es bueno, esto es bueno, esto es mi regalo, pero la cosa más buena que he creado es la persona humana. Gracias.
Papa Francisco
Audiencia general 21 de mayo de 2015
radio.uchile.cl
miércoles, 18 de febrero de 2015
Movimiento Católico Global por el Clima
Noticia de http://www.periodistadigital.com/religion
El cardenal Tagle, arzobispo de Manila, presentará la iniciativa a Francisco
Lanzan el 'Movimiento Católico Global por el Clima' antes de la visita papal a Filipinas
"La creación y su orden es buena, que es un bien que debemos abrazar y cuidar"
Un conjunto de organizaciones y líderes católicos de todo el mundo anunciaron hoy su colaboración como un movimiento que trabaja hacia un futuro climático sostenible. Compuesto por laicos y clérigos, teólogos, científicos y activistas, el Movimiento Católico Global por el Clima (MCGC) emitió una declaración que contiene sus creencias y misión, constituyendo la primera vez que un grupo católico de este tipo ha unido sus fuerzas para trabajar en la problemática del cambio climático.
La declaración apoya las enseñanzas Católicas en temas de medio ambiente y hace un llamamiento a la oración y la acción entre la comunidad católica del mundo. ElCardenal Tagle, Arzobispo de Manila
, le presentará la iniciativa al Papa Francisco esta semana durante su viaje a Filipinas.
Según el Dr. Pablo Canziani, un científico del clima de la Argentina que participa en el MCGC: "Las conversaciones sobre la crisis climática se han enfocado históricamente más sobre argumentos intelectuales que sobre las profundas implicaciones de carácter espiritual y moral de nuestra incapacidad para cuidar de la creación de Dios".
"Las preocupaciones de nuestro grupo se basan en las Sagradas Escrituras y en la tradición de la Iglesia. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, los Católicos aceptan como revelación la verdad que la creación y su fin es un bien que debemos abrazar y cuidar. En respuesta a lo que Dios le ha dado a la raza humana -aire puro, el agua para mantener la vida, el fruto de las cosechas de la tierra, y la generosidad del mar- somos llamados a honrar a Dios nuestro Creador por estas muchas bendiciones", dijo el Dr. Canziani.
Patrick Carolan, director ejecutivo de la Red de Acción Franciscana, que también es un miembro del grupo, explicó la declaración diciendo: "Citando enseñanzas del Papa Francisco y los obispos de Filipinas, este comunicado llama a los católicos a promover las enseñanzas de la iglesia, apreciar su responsabilidad moral de actuar, y crear conciencia sobre el cambio climático y sus efectos, sobre todo en los pobres y las generaciones futuras. Se invita a los Católicos a participar en futuras acciones que busquen un fuerte acuerdo internacional sobre el clima, y encomienda todos nuestros esfuerzos a Jesucristo, que hace nuevas todas las cosas".
Desde Filipinas, la coordinadora de la Pastoral de Ecología de la Arquidiócesis de Manila,Lou Arsenio, agregó: "El movimiento planea promover la creación de redes y el intercambio de información sobre el cambio climático entre las organizaciones católicas a través de fronteras nacionales, para lograr una mayor comprensión de la enseñanza católica sobre el cuidado de la creación de Dios, y para responder a las preocupaciones del Papa Francisco y otros líderes de la iglesia sobre el cambio climático. Invitamos a todos los laicos y organizaciones católicas a unirse a este esfuerzo enwww.CatholicClimateMovement.global/espanol, tanto para generar conciencia sobre este importante tema y actuar en la esfera pública".
El lanzamiento del MCGC coincide con el viaje del Papa Francisco a las Filipinas, donde se reunirá con sobrevivientes de súper tifón Haiyan, que se considera que está relacionado con el cambio climático, y que tiene lugar en un momento en que la comunidad Católica está a la espera de la próxima encíclica sobre la ecología.
Enlace a la noticia
Movimiento Católico Global por el Clima
Nuestra Declaración a la Iglesia y el Mundo
El Movimiento Católico Global por el Clima es la primera coalición internacional de su clase compuesta por Católicos de muchas naciones, continentes y clases sociales. Somos laicos, religiosos, y clérigos, teólogos, científicos y activistas de Argentina, Filipinas, el Reino Unido, Kenia, Australia, Estados Unidos y muchas otras naciones. Estamos unidos por nuestra fe católica y nuestro trabajo en diversos roles y organizaciones sobre los problemas del cambio climático.
Nuestra colaboración se hace eco de las dimensiones globales de la Iglesia Católica y de un sentido compartido de responsabilidad sobre el cuidado de la bella creación de Dios, dadora de vida. Nos inspiramos en las enseñanzas de la Iglesia y estamos guiados por la virtud de la prudencia -entendida por Santo Tomás de Aquino como "la recta razón aplicada a la acción." Aceptamos las conclusiones de los líderes científicos, como el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que las emisiones de gas del efecto invernadero de la humanidad están contribuyendo a cambios generalizados y en su mayoría nocivos para los sistemas planetarios. Estamos seguros de que el cambio climático antropogénico [causado por el hombre] pone en peligro la creación de Dios y de todos nosotros, especialmente los pobres, cuyas voces ya han hablado de los impactos que tienen las alteraciones climáticas.
Qué es lo que creemos y por qué
Los fundamentos de nuestra preocupación se encuentran en las Escrituras y está fundada en la tradición de la Iglesia. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, los Católicos aceptan como verdad revelada que la creación y su orden es buena, que es un bien que debemos abrazar y cuidar. Esto ha sido sostenido en palabras y acciones por los líderes de la Iglesia a lo largo de dos milenios. En respuesta a lo que Dios le ha dado a la raza humana -aire puro, el agua para mantener la vida, el fruto de las cosechas de la tierra, y la generosidad del mar- somos llamados a honrar a Dios nuestro Creador por estas muchas bendiciones. Estamos obligados a respetar estos dones, que son para todas las personas. Por esta razón, el cambio climático es para los católicos una cuestión profundamente espiritual, ética y moral. Mientras que las discusiones sobre cambio climático implican el debate de teoría económica y pueden también involucrar cuestiones de políticas partidarias así como la acción de grupos de presión con intereses sectoriales y particulares, nuestro eje se ubica en las cuestiones morales y espirituales involucradas. El cambio climático se refiere a nuestra responsabilidad como hijos de Dios y personas de fe para cuidar la vida humana, especialmente las generaciones futuras, mediante el cuidado de toda la magnífica creación de Dios.
La interdependencia de la creación y la humanidad se está subrayando en la visita del Papa Francisco a las Filipinas. Los impactos de los fenómenos meteorológicos extremos en los vulnerables y marginados se vuelven claros al tiempo que nos unimos al Santo Padre en oración por todas las familias que fueron afectadas por el súper tifón Haiyan -por los muchos miles de muertos o desaparecidos y los incontables más que permanecen sin hogar.
Un llamado a la oración, una llamada a la acción
Los obispos de Filipinas escribieron una vez "Somos un pueblo de esperanza". Al igual que ellos creemos juntos y con la gracia de Dios "podemos cambiar el curso de los acontecimientos."
En primer lugar, reconocemos que las conversaciones sobre la crisis climática han sido históricamente más acerca de argumentos intelectuales que sobre las profundas implicaciones espirituales y morales de nuestra falta de cuidado de la creación de Dios.
Los líderes católicos están llamados así a hablar con una voz profética y en un diálogo espiritual con todas las personas, especialmente los líderes políticos y de negocios y los consumidores que participan en políticas y prácticas climáticamente destructivas. Y reconocemos nuestra propia necesidad de conversión permanente para vivir más de acuerdo con las Intenciones del creador de la vida en abundancia para todos los pueblos del mundo. En tanto las implicaciones morales de cambio climático antropogénico no sean claramente establecidas y aceptadas, es poco probable que las sociedades puedan hacer o hagan la transición en un plazo adecuado hacia las tecnologías, economías y estilos de vida sostenibles.
Y así, a la vista de la creciente evidencia científica y las experiencias del mundo real, ofrecemos nuestras oraciones por la gracia sanadora de Dios mientras trabajamos en el mundo para cuidar y abogar por los necesitados.
Lo hacemos pidiendo a nuestros hermanos y hermanas en Cristo que defiendan el bien común reconociendo a aquellos que son menos capaces de defenderse a sí mismos, los ciudadanos del mundo que vive en la pobreza, nuestros hijos, nacidos y no nacidos, las generaciones futuras, y todas las formas de vida que pueblan la creación de Dios.
Sabiendo que hay abundantes soluciones positivas disponibles, ofrecemos ayudar a esas voces que demandan fuertes acuerdos internacionales sobre el clima, además de llamar y fomentar la conversión de los corazones endurecidos.
Instamos a todos los católicos a explorar los problemas del cambio climático y a unirse a futuras acciones -tanto para crear conciencia sobre este importante tema y actuar en el ámbito público.
Y finalmente nos encomendamos todos nuestros esfuerzos a Jesucristo, que hace nuevas todas las cosas.
Conclusión: una continuación de las enseñanzas católicasEl Papa Francisco dará a conocer una encíclica sobre el cuidado del medio ambiente. Este documento dará continuidad a las enseñanzas de la Iglesia que nos ha dado San Juan Pablo II y Benedicto XVI, así como numerosos obispos de todo el mundo. Ya hemos escuchado esta continuidad en el palabras del Para Francisco. Con esta declaración, los abajo firmantes ahora tratamos de ayudar a llevar estas enseñanzas de la Iglesia al mundo.
Por lo tanto concluimos con estas palabras de esperanza, ofrecidas en la apertura del Papado del Santo Padre:
''También hoy, en medio de tanta oscuridad, tenemos que ver la luz de la esperanza y ser hombres y mujeres que traen esperanza a los demás. Para proteger la creación, para proteger a todo hombre y toda mujer, para contemplarlos con ternura y amor, hemos de abrir un horizonte de esperanza; hemos de dejar que un rayo de luz rompa a través de las densas nubes; hemos de llevar el calor de la esperanza! Para los creyentes, para nosotros los cristianos, como Abraham, como San José, la esperanza que llevamos se fija en el horizonte de Dios, que se ha abierto ante nosotros en Cristo. Es una esperanza construida sobre la roca que es Dios."
Firmantes:
Catholic Earthcare Australia (Australia)
Franciscan Action Network (USA)
Acción Católica Argentina (Argentina)
Catholic Youth Network for Environmental Sustainability in Africa (Africa)
Archdiocese of Manila Ecology Ministry (Philippines)
Franciscans International
Jesuit European Social Centre (Europe)
Columban Center for Advocacy and Outreach (USA)
EcoJesuit (Europe/Asia)
Reconciliation with Creation, Jesuit Conference Asia Pacific (Asia)
CatholicEcology.net (USA)
Ciara Shannon, Our Voices (China)
Jeffry Odell Korgen, Our Voices and GreenFaith (USA)
Dan Misleh, Catholic Climate Covenant (USA)
Dr. Pablo Canziani, Red Argentina de Laicos, Acción Católica Argentina and Conicet (Argentina)
Dr. Tobias Winright, Saint Louis University (USA)
Dr. Charles Camosy, Fordham University (USA)
Dr. Holly Taylor Coolman, Providence College (USA)
John Berkman, Regis College, University of Toronto (USA)
Dr. Erin Lothes, College of Saint Elizabeth (USA)
Columban Missionary Society, Philippine Region (Philippines)
Lindo Lío (Argentina)
Leadership Conference of Women Religious (USA)
Catholic Rural Life (USA)
Sisters of Mercy of the Americas' Institute Leadership Team (USA)
EDiPA Equipo Diocesano de Pastoral Ambiental, Obispado de San Isidro (Argentina)
English Speaking Conference of the Order of Friars Minor
Catholic Charities (USA)
El cardenal Tagle, arzobispo de Manila, presentará la iniciativa a Francisco
Lanzan el 'Movimiento Católico Global por el Clima' antes de la visita papal a Filipinas
"La creación y su orden es buena, que es un bien que debemos abrazar y cuidar"
Un conjunto de organizaciones y líderes católicos de todo el mundo anunciaron hoy su colaboración como un movimiento que trabaja hacia un futuro climático sostenible. Compuesto por laicos y clérigos, teólogos, científicos y activistas, el Movimiento Católico Global por el Clima (MCGC) emitió una declaración que contiene sus creencias y misión, constituyendo la primera vez que un grupo católico de este tipo ha unido sus fuerzas para trabajar en la problemática del cambio climático.
La declaración apoya las enseñanzas Católicas en temas de medio ambiente y hace un llamamiento a la oración y la acción entre la comunidad católica del mundo. ElCardenal Tagle, Arzobispo de Manila
, le presentará la iniciativa al Papa Francisco esta semana durante su viaje a Filipinas.
Según el Dr. Pablo Canziani, un científico del clima de la Argentina que participa en el MCGC: "Las conversaciones sobre la crisis climática se han enfocado históricamente más sobre argumentos intelectuales que sobre las profundas implicaciones de carácter espiritual y moral de nuestra incapacidad para cuidar de la creación de Dios".
"Las preocupaciones de nuestro grupo se basan en las Sagradas Escrituras y en la tradición de la Iglesia. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, los Católicos aceptan como revelación la verdad que la creación y su fin es un bien que debemos abrazar y cuidar. En respuesta a lo que Dios le ha dado a la raza humana -aire puro, el agua para mantener la vida, el fruto de las cosechas de la tierra, y la generosidad del mar- somos llamados a honrar a Dios nuestro Creador por estas muchas bendiciones", dijo el Dr. Canziani.
Patrick Carolan, director ejecutivo de la Red de Acción Franciscana, que también es un miembro del grupo, explicó la declaración diciendo: "Citando enseñanzas del Papa Francisco y los obispos de Filipinas, este comunicado llama a los católicos a promover las enseñanzas de la iglesia, apreciar su responsabilidad moral de actuar, y crear conciencia sobre el cambio climático y sus efectos, sobre todo en los pobres y las generaciones futuras. Se invita a los Católicos a participar en futuras acciones que busquen un fuerte acuerdo internacional sobre el clima, y encomienda todos nuestros esfuerzos a Jesucristo, que hace nuevas todas las cosas".
Desde Filipinas, la coordinadora de la Pastoral de Ecología de la Arquidiócesis de Manila,Lou Arsenio, agregó: "El movimiento planea promover la creación de redes y el intercambio de información sobre el cambio climático entre las organizaciones católicas a través de fronteras nacionales, para lograr una mayor comprensión de la enseñanza católica sobre el cuidado de la creación de Dios, y para responder a las preocupaciones del Papa Francisco y otros líderes de la iglesia sobre el cambio climático. Invitamos a todos los laicos y organizaciones católicas a unirse a este esfuerzo enwww.CatholicClimateMovement.global/espanol, tanto para generar conciencia sobre este importante tema y actuar en la esfera pública".
El lanzamiento del MCGC coincide con el viaje del Papa Francisco a las Filipinas, donde se reunirá con sobrevivientes de súper tifón Haiyan, que se considera que está relacionado con el cambio climático, y que tiene lugar en un momento en que la comunidad Católica está a la espera de la próxima encíclica sobre la ecología.
Enlace a la noticia
Movimiento Católico Global por el Clima
Nuestra Declaración a la Iglesia y el Mundo
El Movimiento Católico Global por el Clima es la primera coalición internacional de su clase compuesta por Católicos de muchas naciones, continentes y clases sociales. Somos laicos, religiosos, y clérigos, teólogos, científicos y activistas de Argentina, Filipinas, el Reino Unido, Kenia, Australia, Estados Unidos y muchas otras naciones. Estamos unidos por nuestra fe católica y nuestro trabajo en diversos roles y organizaciones sobre los problemas del cambio climático.
Nuestra colaboración se hace eco de las dimensiones globales de la Iglesia Católica y de un sentido compartido de responsabilidad sobre el cuidado de la bella creación de Dios, dadora de vida. Nos inspiramos en las enseñanzas de la Iglesia y estamos guiados por la virtud de la prudencia -entendida por Santo Tomás de Aquino como "la recta razón aplicada a la acción." Aceptamos las conclusiones de los líderes científicos, como el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que las emisiones de gas del efecto invernadero de la humanidad están contribuyendo a cambios generalizados y en su mayoría nocivos para los sistemas planetarios. Estamos seguros de que el cambio climático antropogénico [causado por el hombre] pone en peligro la creación de Dios y de todos nosotros, especialmente los pobres, cuyas voces ya han hablado de los impactos que tienen las alteraciones climáticas.
Qué es lo que creemos y por qué
Los fundamentos de nuestra preocupación se encuentran en las Escrituras y está fundada en la tradición de la Iglesia. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, los Católicos aceptan como verdad revelada que la creación y su orden es buena, que es un bien que debemos abrazar y cuidar. Esto ha sido sostenido en palabras y acciones por los líderes de la Iglesia a lo largo de dos milenios. En respuesta a lo que Dios le ha dado a la raza humana -aire puro, el agua para mantener la vida, el fruto de las cosechas de la tierra, y la generosidad del mar- somos llamados a honrar a Dios nuestro Creador por estas muchas bendiciones. Estamos obligados a respetar estos dones, que son para todas las personas. Por esta razón, el cambio climático es para los católicos una cuestión profundamente espiritual, ética y moral. Mientras que las discusiones sobre cambio climático implican el debate de teoría económica y pueden también involucrar cuestiones de políticas partidarias así como la acción de grupos de presión con intereses sectoriales y particulares, nuestro eje se ubica en las cuestiones morales y espirituales involucradas. El cambio climático se refiere a nuestra responsabilidad como hijos de Dios y personas de fe para cuidar la vida humana, especialmente las generaciones futuras, mediante el cuidado de toda la magnífica creación de Dios.
La interdependencia de la creación y la humanidad se está subrayando en la visita del Papa Francisco a las Filipinas. Los impactos de los fenómenos meteorológicos extremos en los vulnerables y marginados se vuelven claros al tiempo que nos unimos al Santo Padre en oración por todas las familias que fueron afectadas por el súper tifón Haiyan -por los muchos miles de muertos o desaparecidos y los incontables más que permanecen sin hogar.
Un llamado a la oración, una llamada a la acción
Los obispos de Filipinas escribieron una vez "Somos un pueblo de esperanza". Al igual que ellos creemos juntos y con la gracia de Dios "podemos cambiar el curso de los acontecimientos."
En primer lugar, reconocemos que las conversaciones sobre la crisis climática han sido históricamente más acerca de argumentos intelectuales que sobre las profundas implicaciones espirituales y morales de nuestra falta de cuidado de la creación de Dios.
Los líderes católicos están llamados así a hablar con una voz profética y en un diálogo espiritual con todas las personas, especialmente los líderes políticos y de negocios y los consumidores que participan en políticas y prácticas climáticamente destructivas. Y reconocemos nuestra propia necesidad de conversión permanente para vivir más de acuerdo con las Intenciones del creador de la vida en abundancia para todos los pueblos del mundo. En tanto las implicaciones morales de cambio climático antropogénico no sean claramente establecidas y aceptadas, es poco probable que las sociedades puedan hacer o hagan la transición en un plazo adecuado hacia las tecnologías, economías y estilos de vida sostenibles.
Y así, a la vista de la creciente evidencia científica y las experiencias del mundo real, ofrecemos nuestras oraciones por la gracia sanadora de Dios mientras trabajamos en el mundo para cuidar y abogar por los necesitados.
Lo hacemos pidiendo a nuestros hermanos y hermanas en Cristo que defiendan el bien común reconociendo a aquellos que son menos capaces de defenderse a sí mismos, los ciudadanos del mundo que vive en la pobreza, nuestros hijos, nacidos y no nacidos, las generaciones futuras, y todas las formas de vida que pueblan la creación de Dios.
Sabiendo que hay abundantes soluciones positivas disponibles, ofrecemos ayudar a esas voces que demandan fuertes acuerdos internacionales sobre el clima, además de llamar y fomentar la conversión de los corazones endurecidos.
Instamos a todos los católicos a explorar los problemas del cambio climático y a unirse a futuras acciones -tanto para crear conciencia sobre este importante tema y actuar en el ámbito público.
Y finalmente nos encomendamos todos nuestros esfuerzos a Jesucristo, que hace nuevas todas las cosas.
Conclusión: una continuación de las enseñanzas católicasEl Papa Francisco dará a conocer una encíclica sobre el cuidado del medio ambiente. Este documento dará continuidad a las enseñanzas de la Iglesia que nos ha dado San Juan Pablo II y Benedicto XVI, así como numerosos obispos de todo el mundo. Ya hemos escuchado esta continuidad en el palabras del Para Francisco. Con esta declaración, los abajo firmantes ahora tratamos de ayudar a llevar estas enseñanzas de la Iglesia al mundo.
Por lo tanto concluimos con estas palabras de esperanza, ofrecidas en la apertura del Papado del Santo Padre:
''También hoy, en medio de tanta oscuridad, tenemos que ver la luz de la esperanza y ser hombres y mujeres que traen esperanza a los demás. Para proteger la creación, para proteger a todo hombre y toda mujer, para contemplarlos con ternura y amor, hemos de abrir un horizonte de esperanza; hemos de dejar que un rayo de luz rompa a través de las densas nubes; hemos de llevar el calor de la esperanza! Para los creyentes, para nosotros los cristianos, como Abraham, como San José, la esperanza que llevamos se fija en el horizonte de Dios, que se ha abierto ante nosotros en Cristo. Es una esperanza construida sobre la roca que es Dios."
Firmantes:
Catholic Earthcare Australia (Australia)
Franciscan Action Network (USA)
Acción Católica Argentina (Argentina)
Catholic Youth Network for Environmental Sustainability in Africa (Africa)
Archdiocese of Manila Ecology Ministry (Philippines)
Franciscans International
Jesuit European Social Centre (Europe)
Columban Center for Advocacy and Outreach (USA)
EcoJesuit (Europe/Asia)
Reconciliation with Creation, Jesuit Conference Asia Pacific (Asia)
CatholicEcology.net (USA)
Ciara Shannon, Our Voices (China)
Jeffry Odell Korgen, Our Voices and GreenFaith (USA)
Dan Misleh, Catholic Climate Covenant (USA)
Dr. Pablo Canziani, Red Argentina de Laicos, Acción Católica Argentina and Conicet (Argentina)
Dr. Tobias Winright, Saint Louis University (USA)
Dr. Charles Camosy, Fordham University (USA)
Dr. Holly Taylor Coolman, Providence College (USA)
John Berkman, Regis College, University of Toronto (USA)
Dr. Erin Lothes, College of Saint Elizabeth (USA)
Columban Missionary Society, Philippine Region (Philippines)
Lindo Lío (Argentina)
Leadership Conference of Women Religious (USA)
Catholic Rural Life (USA)
Sisters of Mercy of the Americas' Institute Leadership Team (USA)
EDiPA Equipo Diocesano de Pastoral Ambiental, Obispado de San Isidro (Argentina)
English Speaking Conference of the Order of Friars Minor
Catholic Charities (USA)
miércoles, 21 de mayo de 2014
La realidad que nos rodea (Papa Francisco)
Esta mañana en la audiencia general, el papa Francisco nos ha regalado unas preciosas y certeras palabras sobre el don de la ciencia y el cuidado de la Creación. Aquí os las dejamos.
Queridos hermanos y hermanas, buenos días
Hoy queremos reflexionar sobre otro don del Espíritu Santo, el don de la ciencia. Cuando se habla de ciencia, el pensamiento va inmediatamente a la capacidad del hombre de conocer cada vez mejor la realidad que le rodea y de descubrir las leyes que regulan la naturaleza y el universo. La ciencia que viene del espíritu Santo, sin embargo, no se limita al conocimiento humano: es un don especial, que nos lleva a captar, a través de la creación, la grandeza y el amor de Dios y su relación profunda con toda criatura.
Cuando nuestros ojos son iluminados por el Espíritu, se abren a la contemplación de Dios, en la belleza de la naturaleza y de la grandiosidad del cosmos, y nos llevan a descubrir cómo cada cosa nos habla de Él, todo nos habla de su amor. ¡Todo esto suscita en nosotros un gran asombro y un profundo sentido de gratitud! Es la sensación que sentimos también cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que sea fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: frente a todo esto, el Espíritu nos lleva a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros.
En el primer capítulo del Génesis, precisamente al comienzo de toda la Biblia, se pone de relieve que Dios se complace en su creación, subrayando repetidamente la belleza y la bondad de cada cosa. Al término de cada jornada, está escrito: “Y Dios vio que todo era bueno” (1,12.18.21.25). Pero si Dios ve que la creación es algo bello, algo bueno, también nosotros debemos tener esta actitud de ver la creación como bella y buena, y con el don de la ciencia, por esta belleza alabamos a Dios, damos gracias a Dios por habernos dado tanta belleza a nosotros, y este es el camino. Y cuando Dios acabó de crear al hombre, no dijo que era algo “bueno”, dijo que era “muy bueno” (v. 31). Se acerca a él, y a los ojos de Dios nosotros somos la cosa más buena, más bella y más grande de la creación. Pero padre, los ángeles… ¡No! Los ángeles están por debajo de nosotros, nosotros somos más que los ángeles. Lo hemos escuchado en el libro de los salmos. Nos quiere mucho el Señor, ¿eh? Tenemos que darle gracias por esto. El don de la ciencia nos pone en profunda sintonía con el Creador, y nos hace participar en la limpieza de su mirada y de su juicio. En esta perspectiva logramos captar en el hombre y en la mujer el culmen de la creación, como realización de un designio de amor que está impreso en cada uno de nosotros y que nos hace reconocernos como hermanos y hermanas. Lo que surge entonces es un cuadro caracterizado por una profunda armonía, donde todo remite al Creador y donde el Espíritu nos hace percibir en cada persona y en cada cosa la impronta de la grandeza y de la bondad de Dios.
Todo esto es motivo de serenidad y de paz y hace del cristiano un testigo gozoso de Dios, en la estela de san Francisco de Asís y de tantos santos que han sabido alabar y cantar su amor a través de la contemplación de la creación. Al mismo tiempo, sin embargo, el don de la ciencia nos ayuda a no caer en algunas actitudes excesivas o equivocadas. El primero lo constituye el riesgo de considerarnos amos de la creación. La creación no es una propiedad de la que podemos adueñarnos a nuestro gusto; ni, mucho menos, es una propiedad solo de algunos: la creación es un regalo, es un regalo maravilloso que Dios nos ha dado, para que lo cuidemos y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con gran respeto y gratitud. La segunda actitud negativa está representada por la tentación de crearnos en las criaturas, como si estas pudieran ofrecer la respuesta a todas nuestras expectativas. Y el Espíritu Santo, con el don de la ciencia, nos ayuda a no caer en esto. Pero yo quisiera volver sobre el primer camino equivocado. Custodiar la creación, no adueñarse de la creación. Debemos custodiar la creación, es un don que el Señor nos ha dado, para nosotros, es el regalo de Dios a nosotros, nosotros somos custodios de la creación. Pero cuando nosotros explotamos la creación, destruimos el signo del amor de Dios. Destruir la creación es decir a Dios: no me gusta, esto no es bueno, ¿y qué te gusta a ti? Me gusto yo mismo. Eso es el pecado, ¿habéis visto? La custodia de la creación es precisamente la custodia del amor de Dios, y también es decir a Dios gracias, yo soy el amo de la creación, pero para llevarlo adelante, yo no destruiré nunca tu regalo. Y esta debe ser nuestra actitud ante la creación, custodiarla, porque si destruimos la creación, la creación nos destruirá. No lo olvidéis.
Una vez estaba en el campo y escuché un dicho de una persona sencilla, a la que gustaban mucho las flores, él custodiaba estas flores y me decía: debemos custodiar estas cosas bellas que Dios nos ha dado. La creación es para nosotros, para que nosotros la aprovechemos bien, no la explotemos, la custodiemos. Porque usted sabe, padre – me dijo – Dios perdona siempre, sí, esto es verdad, Dios perdona siempre; nosotros, las personas humanas, hombres y mujeres perdonamos algunas veces, sí, algunas no perdonamos. Pero la creación, padre, no perdona nunca, y si tu no lo custodias, él te destruirá. Esto debe hacernos pensar y pedir al Espíritu Santo el don de la ciencia para comprender bien que la creación es el regalo más bello de Dios, que Él dijo: esto es bueno, esto es bueno, esto es bueno, esto es mi regalo, pero la cosa más buena que he creado es la persona humana. Gracias.
Fuente: Radio Vaticano
Queridos hermanos y hermanas, buenos días
Hoy queremos reflexionar sobre otro don del Espíritu Santo, el don de la ciencia. Cuando se habla de ciencia, el pensamiento va inmediatamente a la capacidad del hombre de conocer cada vez mejor la realidad que le rodea y de descubrir las leyes que regulan la naturaleza y el universo. La ciencia que viene del espíritu Santo, sin embargo, no se limita al conocimiento humano: es un don especial, que nos lleva a captar, a través de la creación, la grandeza y el amor de Dios y su relación profunda con toda criatura.
Cuando nuestros ojos son iluminados por el Espíritu, se abren a la contemplación de Dios, en la belleza de la naturaleza y de la grandiosidad del cosmos, y nos llevan a descubrir cómo cada cosa nos habla de Él, todo nos habla de su amor. ¡Todo esto suscita en nosotros un gran asombro y un profundo sentido de gratitud! Es la sensación que sentimos también cuando admiramos una obra de arte o cualquier maravilla que sea fruto del ingenio y de la creatividad del hombre: frente a todo esto, el Espíritu nos lleva a alabar al Señor desde lo profundo de nuestro corazón y a reconocer, en todo lo que tenemos y somos, un don inestimable de Dios y un signo de su infinito amor por nosotros.
En el primer capítulo del Génesis, precisamente al comienzo de toda la Biblia, se pone de relieve que Dios se complace en su creación, subrayando repetidamente la belleza y la bondad de cada cosa. Al término de cada jornada, está escrito: “Y Dios vio que todo era bueno” (1,12.18.21.25). Pero si Dios ve que la creación es algo bello, algo bueno, también nosotros debemos tener esta actitud de ver la creación como bella y buena, y con el don de la ciencia, por esta belleza alabamos a Dios, damos gracias a Dios por habernos dado tanta belleza a nosotros, y este es el camino. Y cuando Dios acabó de crear al hombre, no dijo que era algo “bueno”, dijo que era “muy bueno” (v. 31). Se acerca a él, y a los ojos de Dios nosotros somos la cosa más buena, más bella y más grande de la creación. Pero padre, los ángeles… ¡No! Los ángeles están por debajo de nosotros, nosotros somos más que los ángeles. Lo hemos escuchado en el libro de los salmos. Nos quiere mucho el Señor, ¿eh? Tenemos que darle gracias por esto. El don de la ciencia nos pone en profunda sintonía con el Creador, y nos hace participar en la limpieza de su mirada y de su juicio. En esta perspectiva logramos captar en el hombre y en la mujer el culmen de la creación, como realización de un designio de amor que está impreso en cada uno de nosotros y que nos hace reconocernos como hermanos y hermanas. Lo que surge entonces es un cuadro caracterizado por una profunda armonía, donde todo remite al Creador y donde el Espíritu nos hace percibir en cada persona y en cada cosa la impronta de la grandeza y de la bondad de Dios.
Todo esto es motivo de serenidad y de paz y hace del cristiano un testigo gozoso de Dios, en la estela de san Francisco de Asís y de tantos santos que han sabido alabar y cantar su amor a través de la contemplación de la creación. Al mismo tiempo, sin embargo, el don de la ciencia nos ayuda a no caer en algunas actitudes excesivas o equivocadas. El primero lo constituye el riesgo de considerarnos amos de la creación. La creación no es una propiedad de la que podemos adueñarnos a nuestro gusto; ni, mucho menos, es una propiedad solo de algunos: la creación es un regalo, es un regalo maravilloso que Dios nos ha dado, para que lo cuidemos y lo utilicemos en beneficio de todos, siempre con gran respeto y gratitud. La segunda actitud negativa está representada por la tentación de crearnos en las criaturas, como si estas pudieran ofrecer la respuesta a todas nuestras expectativas. Y el Espíritu Santo, con el don de la ciencia, nos ayuda a no caer en esto. Pero yo quisiera volver sobre el primer camino equivocado. Custodiar la creación, no adueñarse de la creación. Debemos custodiar la creación, es un don que el Señor nos ha dado, para nosotros, es el regalo de Dios a nosotros, nosotros somos custodios de la creación. Pero cuando nosotros explotamos la creación, destruimos el signo del amor de Dios. Destruir la creación es decir a Dios: no me gusta, esto no es bueno, ¿y qué te gusta a ti? Me gusto yo mismo. Eso es el pecado, ¿habéis visto? La custodia de la creación es precisamente la custodia del amor de Dios, y también es decir a Dios gracias, yo soy el amo de la creación, pero para llevarlo adelante, yo no destruiré nunca tu regalo. Y esta debe ser nuestra actitud ante la creación, custodiarla, porque si destruimos la creación, la creación nos destruirá. No lo olvidéis.
Una vez estaba en el campo y escuché un dicho de una persona sencilla, a la que gustaban mucho las flores, él custodiaba estas flores y me decía: debemos custodiar estas cosas bellas que Dios nos ha dado. La creación es para nosotros, para que nosotros la aprovechemos bien, no la explotemos, la custodiemos. Porque usted sabe, padre – me dijo – Dios perdona siempre, sí, esto es verdad, Dios perdona siempre; nosotros, las personas humanas, hombres y mujeres perdonamos algunas veces, sí, algunas no perdonamos. Pero la creación, padre, no perdona nunca, y si tu no lo custodias, él te destruirá. Esto debe hacernos pensar y pedir al Espíritu Santo el don de la ciencia para comprender bien que la creación es el regalo más bello de Dios, que Él dijo: esto es bueno, esto es bueno, esto es bueno, esto es mi regalo, pero la cosa más buena que he creado es la persona humana. Gracias.
Fuente: Radio Vaticano
sábado, 8 de marzo de 2014
La dimensión ambiental de Evangelii Gaudium
Como no podía ser de otra forma, el Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, dedica algunas líneas a los problemas medioambientales que afectan a nuestro mundo. Es en el punto 215 donde dice:
ocupados con todo tipo de tareas […] Los pájaros volaban por el aire, sus plumas brillantes y sus diferentes cantos añadían color y melodía al verde de los bosques [...] Dios quiso esta tierra para nosotros, sus criaturas especiales, pero no para que pudiéramos destruirla y convertirla en un páramo [...] Después de una sola noche de lluvia, mira hacia los ríos de marrón chocolate de tu localidad, y recuerda que se llevan la sangre viva de la tierra hacia el mar [...] ¿Cómo van a poder nadar los peces en alcantarillas como el río Pasig y tantos otros ríos que hemos contaminado? ¿Quién ha convertido el maravilloso mundo marino en cementerios subacuáticos despojados de vida y de color? »".
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Conservación de la Naturaleza,
Creación,
Medio Ambiente
lunes, 18 de noviembre de 2013
Descubriendo a Cristo en la belleza de la ecología
He encontrado en you tube un vídeo de una de las conferencias de la JMJ Madrid 2011, del profesor Pablo Martínez Anguita, de la Universidad Rey Juan Carlos. Pablo fue profesor de la Universidad Católica de Ávila antes de que llegara yo a ella y, aunque no le conozco personalmente, me parece una persona excelente y un profesional extraordinario. Aquí os dejo el vídeo para que lo disfrutéis.
lunes, 10 de junio de 2013
El Papa Francisco en el Día Mundial del Medio Ambiente
Este es el texto completo de la catequesis del Papa Francisco del día 5 de junio, día mundial del medio ambiente. En mi opinión se trata de toda una declaración de intenciones sobre este tema.
Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
Hoy quiero centrarme en el tema del medio ambiente, como ya he tenido ocasión de hacerlo en varias ocasiones. Me lo sugiere el Día Mundial del Medio Ambiente que celebramos hoy, patrocinado por las Naciones Unidas, que lanza un fuerte llamado a de la necesidad de eliminar los desperdicios y la destrucción de los alimentos.
Cuando hablamos de medio ambiente, de la creación, mi pensamiento se dirige a las primeras páginas de la Biblia, al Libro del Génesis, donde se afirma que Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultivaran y la cuidaran (cf. 2:15). Y me pregunto: ¿Qué significa cultivar y cuidar la tierra? ¿Realmente estamos cultivando y resguardando lo creado?, ¿o lo estamos explotando y descuidando?
El verbo "cultivar" me recuerda la atención que el agricultor tiene por su tierra, para que dé frutos, y éstos sean compartidos: ¡cuánta atención, pasión y dedicación! Cultivar y cuidar la creación es una indicación de Dios dada no sólo al principio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; significa hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos. Y Benedicto XVI ha recordado en varias ocasiones que esta tarea, confiada a nosotros por Dios Creador, requiere que se capte el ritmo y la lógica de la creación.
Nosotros, en cambio, a menudo llevados por la soberbia del dominio, del poseer, de manipular, de explotar; no, no "custodiamos la creación", no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que debemos cuidar. Estamos perdiendo la actitud de la admiración, de la contemplación, de la escucha de la creación; y por lo tanto ya no somos capaces de leer lo que Benedicto XVI llama "el ritmo de la historia de amor entre Dios y el hombre." ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos y vivimos de una manera horizontal, nos hemos alejado de Dios, no leemos sus signos.
Pero "cultivar y cuidar" incluye no sólo la relación entre nosotros y el medio ambiente, entre el hombre y la creación, sino que comprende también las relaciones humanas. Los Papas han hablado de ecología humana, estrechamente vinculado a la ecología ambiental. Estamos viviendo un momento de crisis; lo vemos en el ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre. ¡La persona humana está en peligro! – esto es cierto ¡hoy la persona humana está en peligro! ¡He aquí la urgencia de la ecología humana! Y el peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profunda: no es sólo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología.
La Iglesia lo ha subrayado tantas veces. Y muchos dicen: sí es justo, es verdad... pero el sistema sigue como antes, porque las que dominan son las dinámicas de una economía y de una finanza que carecen de ética. El que manda hoy no es el hombre, es el dinero, el dinero. El dinero manda. Dios, nuestro Padre ha dado la tarea de custodiar la tierra, no el dinero. Sino de custodiarnos, a los hombres y las mujeres. Tenemos este deber.
Por lo tanto, hombres y mujeres son sacrificados a los ídolos de la ganancia y del consumo: es ‘la cultura del descarte’. Si se estropea un ordenador es una tragedia, pero la pobreza, las necesidades y los dramas de tantas personas acaban entrando en la normalidad... Si una noche de invierno, aquí cerca - en la plaza Ottaviano, por ejemplo, muere una persona, esa no es una noticia. Si en tantas partes del mundo hay niños que no tienen qué comer, esa no es una noticia, parece normal. ¡Esto no puede ser! Y estas cosas entran en la normalidad.
Que algunas personas sin techo se mueran de frío en la calle no es noticia. Por el contrario, por ejemplo, una bajada de diez puntos en las bolsas de algunas ciudades, eso sí se vuelve una tragedia. La persona que muere no es noticia, pero si las bolsas bajan diez puntos, es una tragedia. De este modo, las personas son descartables, nosotros las personas somos descartables, como desechos.
Esta "cultura del descarte" tiende a convertirse en mentalidad común, que contagia a todos. La vida humana, la persona ya no se perciben como un valor primordial que ha de ser respetado y protegido, especialmente si son pobres o discapacitados, si aún no sirve -como el niño que está por nacer- o ya no es necesario -como los ancianos. Esta cultura del descarte nos ha hecho insensibles incluso a los desperdicios, a los residuos de los alimentos, que es aún más despreciable, cuando en todo el mundo, por desgracia, muchas personas y familias sufren hambre y desnutrición.
En el pasado, nuestros abuelos eran muy cuidadosos de no tirar nada de los restos de comida. El consumismo nos ha habituado tanto a lo superfluo y al desperdicio de la comida diaria, que a veces ya no somos capaces de dar el justo valor, que va mucho más allá de los simples parámetros económicos. ¡Recordemos bien, sin embargo, que la comida que se tira es como si fuera robada de la mesa de los pobres y de los hambrientos! Invito a todos a reflexionar sobre el problema del desperdicio y del derroche de los alimentos y buscar los medios que, abordando seriamente esta problemática, sean un vehículo de solidaridad y de compartir con los más necesitados.
Hace unos días, en la fiesta del Corpus Christi, hemos leído la historia del milagro de los panes: Jesús da de comer a la multitud con cinco panes y dos peces. Y la conclusión del pasaje es importante: " Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas". (Lc 9:17) ¡Jesús pide a sus discípulos que no se pierda nada: que no haya desperdicios! Y hay este hecho de las doce cestas: ¿Por qué doce? ¿Qué quiere decir esto? Doce es el número de las tribus de Israel, simbólicamente representa a todo el pueblo. Y esto nos explica que cuando la comida se comparte de manera justa, solidaria, no se priva a nadie de lo necesario, cada comunidad puede satisfacer las necesidades de los más pobres. La ecología humana y la ecología ambiental caminan juntas.
Quisiera, pues, que tomásemos todos el serio compromiso de respetar y proteger la creación, de estar atentos con todas las personas, de contrarrestar la cultura de los desperdicios y de descarte, para promover una cultura de la solidaridad y del encuentro. ¡Gracias!
Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
Hoy quiero centrarme en el tema del medio ambiente, como ya he tenido ocasión de hacerlo en varias ocasiones. Me lo sugiere el Día Mundial del Medio Ambiente que celebramos hoy, patrocinado por las Naciones Unidas, que lanza un fuerte llamado a de la necesidad de eliminar los desperdicios y la destrucción de los alimentos.
Cuando hablamos de medio ambiente, de la creación, mi pensamiento se dirige a las primeras páginas de la Biblia, al Libro del Génesis, donde se afirma que Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultivaran y la cuidaran (cf. 2:15). Y me pregunto: ¿Qué significa cultivar y cuidar la tierra? ¿Realmente estamos cultivando y resguardando lo creado?, ¿o lo estamos explotando y descuidando?
El verbo "cultivar" me recuerda la atención que el agricultor tiene por su tierra, para que dé frutos, y éstos sean compartidos: ¡cuánta atención, pasión y dedicación! Cultivar y cuidar la creación es una indicación de Dios dada no sólo al principio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; significa hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos. Y Benedicto XVI ha recordado en varias ocasiones que esta tarea, confiada a nosotros por Dios Creador, requiere que se capte el ritmo y la lógica de la creación.
Nosotros, en cambio, a menudo llevados por la soberbia del dominio, del poseer, de manipular, de explotar; no, no "custodiamos la creación", no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que debemos cuidar. Estamos perdiendo la actitud de la admiración, de la contemplación, de la escucha de la creación; y por lo tanto ya no somos capaces de leer lo que Benedicto XVI llama "el ritmo de la historia de amor entre Dios y el hombre." ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos y vivimos de una manera horizontal, nos hemos alejado de Dios, no leemos sus signos.
Pero "cultivar y cuidar" incluye no sólo la relación entre nosotros y el medio ambiente, entre el hombre y la creación, sino que comprende también las relaciones humanas. Los Papas han hablado de ecología humana, estrechamente vinculado a la ecología ambiental. Estamos viviendo un momento de crisis; lo vemos en el ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre. ¡La persona humana está en peligro! – esto es cierto ¡hoy la persona humana está en peligro! ¡He aquí la urgencia de la ecología humana! Y el peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profunda: no es sólo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología.
La Iglesia lo ha subrayado tantas veces. Y muchos dicen: sí es justo, es verdad... pero el sistema sigue como antes, porque las que dominan son las dinámicas de una economía y de una finanza que carecen de ética. El que manda hoy no es el hombre, es el dinero, el dinero. El dinero manda. Dios, nuestro Padre ha dado la tarea de custodiar la tierra, no el dinero. Sino de custodiarnos, a los hombres y las mujeres. Tenemos este deber.
Por lo tanto, hombres y mujeres son sacrificados a los ídolos de la ganancia y del consumo: es ‘la cultura del descarte’. Si se estropea un ordenador es una tragedia, pero la pobreza, las necesidades y los dramas de tantas personas acaban entrando en la normalidad... Si una noche de invierno, aquí cerca - en la plaza Ottaviano, por ejemplo, muere una persona, esa no es una noticia. Si en tantas partes del mundo hay niños que no tienen qué comer, esa no es una noticia, parece normal. ¡Esto no puede ser! Y estas cosas entran en la normalidad.
Que algunas personas sin techo se mueran de frío en la calle no es noticia. Por el contrario, por ejemplo, una bajada de diez puntos en las bolsas de algunas ciudades, eso sí se vuelve una tragedia. La persona que muere no es noticia, pero si las bolsas bajan diez puntos, es una tragedia. De este modo, las personas son descartables, nosotros las personas somos descartables, como desechos.
Esta "cultura del descarte" tiende a convertirse en mentalidad común, que contagia a todos. La vida humana, la persona ya no se perciben como un valor primordial que ha de ser respetado y protegido, especialmente si son pobres o discapacitados, si aún no sirve -como el niño que está por nacer- o ya no es necesario -como los ancianos. Esta cultura del descarte nos ha hecho insensibles incluso a los desperdicios, a los residuos de los alimentos, que es aún más despreciable, cuando en todo el mundo, por desgracia, muchas personas y familias sufren hambre y desnutrición.
En el pasado, nuestros abuelos eran muy cuidadosos de no tirar nada de los restos de comida. El consumismo nos ha habituado tanto a lo superfluo y al desperdicio de la comida diaria, que a veces ya no somos capaces de dar el justo valor, que va mucho más allá de los simples parámetros económicos. ¡Recordemos bien, sin embargo, que la comida que se tira es como si fuera robada de la mesa de los pobres y de los hambrientos! Invito a todos a reflexionar sobre el problema del desperdicio y del derroche de los alimentos y buscar los medios que, abordando seriamente esta problemática, sean un vehículo de solidaridad y de compartir con los más necesitados.
Hace unos días, en la fiesta del Corpus Christi, hemos leído la historia del milagro de los panes: Jesús da de comer a la multitud con cinco panes y dos peces. Y la conclusión del pasaje es importante: " Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas". (Lc 9:17) ¡Jesús pide a sus discípulos que no se pierda nada: que no haya desperdicios! Y hay este hecho de las doce cestas: ¿Por qué doce? ¿Qué quiere decir esto? Doce es el número de las tribus de Israel, simbólicamente representa a todo el pueblo. Y esto nos explica que cuando la comida se comparte de manera justa, solidaria, no se priva a nadie de lo necesario, cada comunidad puede satisfacer las necesidades de los más pobres. La ecología humana y la ecología ambiental caminan juntas.
Quisiera, pues, que tomásemos todos el serio compromiso de respetar y proteger la creación, de estar atentos con todas las personas, de contrarrestar la cultura de los desperdicios y de descarte, para promover una cultura de la solidaridad y del encuentro. ¡Gracias!
lunes, 6 de mayo de 2013
Libro: Economía, ética y medio ambiente (en un mundo finito)
¿Cómo es posible conciliar un mundo con necesidades y deseos humanos ilimitados? En todo caso, ¿Cuánto es suficiente? Estas preguntas y sus posibles respuestas recorrerán el contenido de la presente obra.
La actividad económica humana desde la Revolución Industrial ha tenido efectos desequilibrantes en el ambiente, planteando un problema de ética intergeneracional: las futuras generaciones dispondrán de un planeta cada vez más degradado. Es que los cambios civilizatorios que se vienen sucediendo desde mediados del siglo XVIII conforman un cambio de era: hasta hace apenas dos siglos y medio nuestra civilización estaba asentada básicamente en áreas rurales, la esperanza de vida no alcanzaba los 30 años y solo se conocía una única fuente de energía, el fuego y, aparte del viento, existía una sola energía mecánica: los músculos. Es inmenso el progreso humano alcanzado en 250 años, pero tiene un alto costo ambiental y no es éticamente neutral.
Estudiantes o estudiosos de la economía y otras ciencias sociales y humanas así como también de las ciencias aplicadas que requieran en sus razonamientos una visión sistémica del problema económico, dispondrán de un aporte enriquecedor. Esta obra, constituye una historia del pensamiento económico -de Aristóteles a nuestros días- centrada en los alcances y límites de la racionalidad económica en procura del sustento humano.
Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), Noviembre 2012
El Índice y la Introducción están disponibles en www.fundabaires.org
La actividad económica humana desde la Revolución Industrial ha tenido efectos desequilibrantes en el ambiente, planteando un problema de ética intergeneracional: las futuras generaciones dispondrán de un planeta cada vez más degradado. Es que los cambios civilizatorios que se vienen sucediendo desde mediados del siglo XVIII conforman un cambio de era: hasta hace apenas dos siglos y medio nuestra civilización estaba asentada básicamente en áreas rurales, la esperanza de vida no alcanzaba los 30 años y solo se conocía una única fuente de energía, el fuego y, aparte del viento, existía una sola energía mecánica: los músculos. Es inmenso el progreso humano alcanzado en 250 años, pero tiene un alto costo ambiental y no es éticamente neutral.
Estudiantes o estudiosos de la economía y otras ciencias sociales y humanas así como también de las ciencias aplicadas que requieran en sus razonamientos una visión sistémica del problema económico, dispondrán de un aporte enriquecedor. Esta obra, constituye una historia del pensamiento económico -de Aristóteles a nuestros días- centrada en los alcances y límites de la racionalidad económica en procura del sustento humano.
Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), Noviembre 2012
El Índice y la Introducción están disponibles en www.fundabaires.org
Enlaces a artículos interesantes
Aquí os ponemos tres enlaces a artículos interesantes:
Cristianismo y ecología, de Antonio Francisco Serrano Molina
La visión cristiana de la ecología, de Antonio Porras
El desafío ecológico en el momento presente: Aportación del Cristianismo a la construcción de una apuesta ecológica positiva, de Julio Lois Fernández
Gracias por los enlaces, Clara.
Cristianismo y ecología, de Antonio Francisco Serrano Molina
La visión cristiana de la ecología, de Antonio Porras
El desafío ecológico en el momento presente: Aportación del Cristianismo a la construcción de una apuesta ecológica positiva, de Julio Lois Fernández
Gracias por los enlaces, Clara.
martes, 19 de marzo de 2013
Custodiar toda la Creación
El Papa Francisco ha dedicado buena parte de su homilia en la misa de iniciación de su pontificado al Medio Ambiente y al cuidado de la Naturaleza:
"Pero la vocación de custodiar no solo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es sencillamente humana, y concierne a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el Libro del Génesis y como nos muestra San Francisco de Asís: es respetar a todas las criaturas de Dios y el entorno en el que vivimos. Es velar por la gente, preocuparse por todos, por cada persona, con amor, especialmente por los niños, por los ancianos, por quienes son más frágiles y a menudo permanecen en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en el seno de la familia: los cónyuges velan recíprocamente uno por otro, y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en custodios de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que consisten en velar recíprocamente en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. ¡Sed custodios de los dones de Dios!
Y cuando el hombre desatiende esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción, y el corazón se agosta. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman designios de muerte, que destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.
Quisiera pedir, por favor, a todos cuantos ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza; custodios del otro, del medio ambiente; ¡no dejemos que signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro! ¡Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos! ¡Recordemos que el odio, la envidia y la soberbia ensucian la vida! Custodiar significa, pues, vigilar nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque precisamente de ahí salen las intenciones buenas y malas: ¡las que construyen y las que destruyen! ¡No debemos tener miedo de la bondad, más aún: ni siquiera de la ternura!" (Papa Francisco, 19-III-2013)
"Pero la vocación de custodiar no solo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es sencillamente humana, y concierne a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el Libro del Génesis y como nos muestra San Francisco de Asís: es respetar a todas las criaturas de Dios y el entorno en el que vivimos. Es velar por la gente, preocuparse por todos, por cada persona, con amor, especialmente por los niños, por los ancianos, por quienes son más frágiles y a menudo permanecen en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en el seno de la familia: los cónyuges velan recíprocamente uno por otro, y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en custodios de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que consisten en velar recíprocamente en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. ¡Sed custodios de los dones de Dios!
Y cuando el hombre desatiende esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción, y el corazón se agosta. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman designios de muerte, que destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.
Quisiera pedir, por favor, a todos cuantos ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza; custodios del otro, del medio ambiente; ¡no dejemos que signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro! ¡Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos! ¡Recordemos que el odio, la envidia y la soberbia ensucian la vida! Custodiar significa, pues, vigilar nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque precisamente de ahí salen las intenciones buenas y malas: ¡las que construyen y las que destruyen! ¡No debemos tener miedo de la bondad, más aún: ni siquiera de la ternura!" (Papa Francisco, 19-III-2013)
jueves, 31 de enero de 2013
La crisis ecológica, un desafío para la Iglesia
Aprovechando que el lunes estuvo en la Universidad Católica de Ávila el cardenal don Carlos Amigo, pronunciando la lección magistral de la festividad de Santo Tomás de Aquino, os recomiendo un estupendo y reciente documento del cardenal titulado "La crisis ecológica, un desafío para la Iglesia".
Puede descargarse pinchando aquí.
Puede descargarse pinchando aquí.
Esperanza para la Creación
Esta Navidad, leyendo el libro de Joseph Ratzinger "Y Dios se hizo hombre" (Ed. Encuentro), encontré estos párrafos, extraídos de una homilía:
"En efecto, sigue siendo siempre válida la palabra de Dios revelada por medio del profeta Isaías: "La oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece el Señor y su gloria sobre ti aparece" (Is 60, 2). Lo que el profeta anuncia a Jerusalén se cumple en la Iglesia de Cristo: "A tu luz caminarán las naciones, y los reyes al resplandor de tu aurora" (Is 60, 3).
Con Jesucristo la bendición de Abrahán se extendió a todos los pueblos, a la Iglesia universal como nuevo Israel que acoge en su seno a la humanidad entera. Con todo, también hoy sigue siendo verdad lo que decía el profeta: "Espesa nube cubre los pueblos" y nuestra historia. En efecto, no se puede decir que la globalización sea sinónimo de orden mundial; todo lo contrario. Los conflictos por la supremacía económica y el acaparamiento de los recursos energéticos e hídricos, y de las materias primas, dificultan el trabajo de quienes, en todos los niveles, se esfuerzan por construir un mundo justo y solidario.
Es necesaria una esperanza mayor, que permita preferir el bien común de todos al lujo de pocos y a la miseria de muchos. "Esta gran esperanza solo puede ser Dios, (...) pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano" (Spe salvi, 31), el Dios que se manifestó en el niño de Belén y en el Crucificado Resucitado".
Si el verde es el color de la esperanza, podríamos decir que Cristo es verde, puesto que Él es nuestra Esperanza y la de toda la Creación.
"En efecto, sigue siendo siempre válida la palabra de Dios revelada por medio del profeta Isaías: "La oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece el Señor y su gloria sobre ti aparece" (Is 60, 2). Lo que el profeta anuncia a Jerusalén se cumple en la Iglesia de Cristo: "A tu luz caminarán las naciones, y los reyes al resplandor de tu aurora" (Is 60, 3).
Con Jesucristo la bendición de Abrahán se extendió a todos los pueblos, a la Iglesia universal como nuevo Israel que acoge en su seno a la humanidad entera. Con todo, también hoy sigue siendo verdad lo que decía el profeta: "Espesa nube cubre los pueblos" y nuestra historia. En efecto, no se puede decir que la globalización sea sinónimo de orden mundial; todo lo contrario. Los conflictos por la supremacía económica y el acaparamiento de los recursos energéticos e hídricos, y de las materias primas, dificultan el trabajo de quienes, en todos los niveles, se esfuerzan por construir un mundo justo y solidario.
Es necesaria una esperanza mayor, que permita preferir el bien común de todos al lujo de pocos y a la miseria de muchos. "Esta gran esperanza solo puede ser Dios, (...) pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano" (Spe salvi, 31), el Dios que se manifestó en el niño de Belén y en el Crucificado Resucitado".
Si el verde es el color de la esperanza, podríamos decir que Cristo es verde, puesto que Él es nuestra Esperanza y la de toda la Creación.
Etiquetas:
Creación,
Doctrina Social de la Iglesia,
Hambre,
Medio Ambiente,
Navidad
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